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El desencanto de las nuevas generaciones

"No tengo ideología, pero sí TikTok": jóvenes, Milei y la nueva religión de odiar a la política

19 de Agosto de 2026

La distancia de los jóvenes con los partidos tradicionales no significa apatía política: detrás del rechazo a "la casta" aparecen nuevas formas de militancia, consumo de información y construcción de identidad.

El fenómeno ayuda a entender cómo Javier Milei convirtió el desencanto social en una herramienta de poder, aunque las dificultades económicas también pueden terminar erosionando ese relato.

La política argentina atraviesa una transformación que tiene a los jóvenes en el centro de la escena. Pero lejos de haber desaparecido, la política cambió de idioma. El comité fue reemplazado por TikTok, el acto partidario por el algoritmo y la vieja identidad ideológica por una etiqueta aparentemente neutral: "yo no soy de ningún partido".

El problema es que esa supuesta neutralidad también puede convertirse en una posición política.

Un estudio sobre la configuración ideológica argentina citado en la información analizada sostiene que el alejamiento de las estructuras partidarias tradicionales no debe confundirse con desinterés.

La precarización laboral, la frustración frente a las dificultades para progresar y el descrédito de las instituciones alimentan una relación más desconfiada con la política tradicional.

Y allí aparece una paradoja particularmente incómoda para el Gobierno de Javier Milei: buena parte del discurso que llevó al Presidente al poder se construyó precisamente sobre la idea de que la política tradicional era el problema.

La consigna contra "la casta" funcionó como una enorme máquina de traducción del malestar social. El cansancio con los partidos, la bronca por la situación económica y el rechazo hacia dirigentes que parecían encerrados en una burbuja fueron convertidos en identidad política.

La investigación publicada en 2024 por la Revista SAAP llegó justamente a esa conclusión al analizar el fenómeno de Milei: la antipolítica podía encontrarse con un discurso estratégico capaz de transformar ese sentimiento ciudadano en movilización política. El trabajo combinó una encuesta nacional con análisis de contenidos de TikTok y de cuentas vinculadas a la difusión de la figura de Milei.

Cuando rechazar la política también es hacer política

La expresión "desideologizado" puede sonar tranquilizadora. Es casi una declaración de independencia: no pertenezco a ningún partido, no creo en los políticos, no me representan las etiquetas de izquierda o derecha.

Pero el problema comienza cuando esa identidad aparentemente apolítica termina funcionando como una frontera ideológica.

El concepto de "politización antipolítica", desarrollado por Rocío Annunziata, Andrea Ariza, Valeria Romina March y Sofía Torres en la Revista SAAP, resulta particularmente útil para comprender el fenómeno. El artículo plantea que la antipolítica no constituye necesariamente la ausencia de política, sino que puede transformarse en una forma de movilización.

En otras palabras: decir "odio a todos los políticos" puede ser tan político como decir "soy peronista", "soy socialista", "soy liberal" o "soy conservador".

La diferencia es que el primer discurso tiene la ventaja de presentarse como si estuviera por encima de todos los demás.

Y esa fue una de las grandes fortalezas del fenómeno Milei. La construcción de un enemigo amplio y difuso ("la casta") permitió reunir frustraciones diferentes bajo una misma bandera. El estudio de la Revista SAAP describe precisamente cómo el discurso del actual Presidente construyó un mito político alrededor del rechazo a esa categoría.

El fenómeno no nació de la nada. Tampoco puede atribuirse exclusivamente a una estrategia comunicacional. Hubo condiciones sociales concretas que hicieron posible su expansión.

La economía detrás de la bronca

Para comprender el desencanto juvenil hay que mirar algo mucho menos sofisticado que TikTok: el bolsillo.

Los datos oficiales muestran que la situación económica continúa siendo una variable decisiva. Según el INDEC, durante el segundo semestre de 2025 el 28,6 por ciento de los jóvenes de entre 18 y 29 años se encontraba bajo la línea de pobreza. Entre quienes tenían entre 18 y 24 años, la proporción llegaba al 30,6.

La cifra representa una mejora respecto del segundo semestre de 2024, cuando la pobreza alcanzaba al 41,7 por ciento de los jóvenes de 18 a 29 años. Pero la reducción de la pobreza no significa que haya desaparecido el problema estructural que condiciona las expectativas de las nuevas generaciones.

Además, el mercado laboral argentino continúa mostrando dificultades. En el primer trimestre de 2026, la desocupación general fue del 7,8 por ciento, mientras que la tasa de subocupación alcanzó el 11,1.

El Gobierno puede presentar determinadas mejoras macroeconómicas como una prueba de que su programa funciona. Pero para un joven que no consigue un empleo estable, que posterga independizarse o que observa que acceder a una vivienda parece cada vez más lejano, las estadísticas macroeconómicas no necesariamente se convierten en bienestar cotidiano.

Y allí reside una de las mayores contradicciones del relato libertario.

El mismo malestar social que ayudó a llevar a Milei al poder puede convertirse, con el paso del tiempo, en el principal juez de su gestión.

Porque la antipolítica no tiene dueño permanente.

Si el sistema tradicional fue castigado por no cumplir sus promesas, el outsider tampoco queda exento del mismo mecanismo. Una vez que ocupa el poder, deja de ser simplemente el que denuncia al sistema y pasa a formar parte del sistema que debe responder por sus resultados.

Las redes, la fábrica de una nueva identidad política

La otra gran transformación ocurre en el lugar donde los jóvenes consumen información y construyen identidad.

Las redes sociales no son simplemente nuevos medios de comunicación. Son espacios donde se mezclan entretenimiento, información, indignación, humor, propaganda y militancia. En ese ecosistema, una explicación compleja tiene muchas veces menos posibilidades de circular que una frase contundente, un meme o un video de pocos segundos.

La investigación de la Revista SAAP sobre Milei tomó precisamente TikTok como uno de sus objetos de análisis y encontró una articulación entre el sentimiento antipolítico existente en parte de la ciudadanía y una estrategia discursiva capaz de explotarlo políticamente.

Esto resulta fundamental para entender la nueva relación de los jóvenes con la política.

No necesariamente abandonaron la política. Abandonaron, en muchos casos, los formatos con los que la política pretendía llegar hasta ellos.

El viejo dirigente que habla durante una hora desde un escenario puede resultar menos atractivo que un influencer que resume una discusión económica en treinta segundos. Una plataforma partidaria de cien páginas compite contra una frase viral. Una explicación histórica compleja compite contra un video que identifica culpables en cuestión de segundos.

El Gobierno de Milei entendió particularmente bien ese lenguaje.

Su comunicación política convirtió las redes en un territorio de confrontación permanente. La estética de la ruptura, la descalificación de adversarios y la construcción de enemigos discursivos encajan perfectamente en un ambiente donde la indignación genera circulación.

Pero existe una diferencia entre ganar una discusión en redes y resolver los problemas de la sociedad.

El algoritmo puede amplificar una consigna. No puede garantizar que esa consigna produzca empleo, salarios dignos, movilidad social o mejores oportunidades.

El riesgo para Milei: que la antipolítica se vuelva contra el poder

La gran ironía del fenómeno es que Milei llegó al Gobierno utilizando una identidad de outsider y una narrativa de ruptura con la política tradicional. Pero una vez en el poder, esa misma lógica puede volverse contra él.

Si el joven que se declara “desideologizado” rechaza cualquier estructura que considere parte del sistema, también puede terminar rechazando al oficialismo cuando perciba que éste dejó de representar su malestar.

La antipolítica es, por definición, difícil de domesticar.

El votante que se acercó a Milei porque estaba harto de los partidos no necesariamente se convirtió automáticamente en un militante libertario. Algunos pueden haber encontrado una nueva identidad política; otros pueden haber utilizado al candidato outsider como vehículo para castigar al establishment.

La diferencia es enorme.

Por eso resulta apresurado interpretar todo apoyo juvenil a Milei como una adhesión ideológica permanente. El fenómeno puede contener convicción libertaria, rechazo al peronismo, desencanto con el macrismo, bronca económica, deseo de ruptura o simplemente voluntad de castigar a quienes gobernaron antes.

Reducir todo ese universo a "los jóvenes son libertarios" sería tan simplista como afirmar que "los jóvenes no están interesados en política".

La realidad es bastante más incómoda.

Están interesados, pero participan de otra manera.

El verdadero desafío: reconstruir la política sin vender humo

La llamada desideologización juvenil debería ser leída, entonces, como una señal de alarma para todo el sistema político.

Los partidos tradicionales perdieron capacidad para representar a sectores importantes de las nuevas generaciones. Pero el Gobierno de Milei tampoco puede asumir que esa crisis de representación constituye un cheque en blanco para siempre.

La sociedad puede abandonar una identidad política y adoptar otra. Puede pasar del kirchnerismo al macrismo, del macrismo al mileísmo y del mileísmo a una nueva experiencia política. También puede pasar directamente de la ilusión al desencanto.

La historia argentina reciente ofrece suficientes ejemplos.

El verdadero desafío consiste en reconstruir una política capaz de ofrecer algo más que enemigos, memes y consignas. Una política que pueda discutir productividad y salarios, educación y empleo, vivienda y movilidad social, seguridad y derechos, sin convertir cada desacuerdo en una batalla moral.

Porque detrás del joven que dice "no me interesa la política" puede haber, en realidad, una enorme frustración política.

Y detrás del joven que dice "soy apolítico" puede existir una identidad política todavía en construcción.

La paradoja es que Milei comprendió mejor que buena parte de la dirigencia tradicional esa transformación. Supo convertir la bronca contra la política en combustible electoral.

Ahora enfrenta el desafío inverso: demostrar que la política que llegó al poder prometiendo destruir a la política tradicional puede ofrecer resultados concretos sin terminar convertida en aquello mismo que prometió combatir.

La "desideologización" no significó el final de las ideologías. Significó que cambiaron de envase.

Y mientras el Gobierno intenta presentar su batalla cultural como una disputa entre libertad y pasado, una generación entera parece estar haciendo una pregunta mucho más sencilla y mucho más peligrosa para cualquier oficialismo: ¿Cuándo voy a poder vivir mejor?

La respuesta a esa pregunta, mucho más que cualquier tendencia de TikTok, será la que termine definiendo el próximo capítulo político argentino.

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