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Los Duprat, un siglo detrás del lente: cuatro generaciones al servicio del turf

5 de Julio de 2026

Por Alejandro "Pochi" Casalongue, director de www.diariogranlaplata.com 

Los Duprat, un siglo detrás del lente: cuatro generaciones al servicio del turf
Juan Duprat ya desde pequeño con una camara, a su lado el hijo de un empleado de su padre.

En un deporte donde los caballos son los grandes protagonistas, hubo una familia que durante casi un siglo se encargó de inmortalizar cada victoria, cada emoción y cada instante decisivo. La historia de los Duprat es también la historia de la fotografía hípica argentina, un oficio transmitido de generación en generación que sobrevivió al paso del tiempo, a los cambios tecnológicos e incluso a la pérdida de un archivo irrepetible.

Todo comenzó a fines de la década de 1920 en el Hipódromo de La Plata. Oscar Cativa, conocido por todos como "el Gordo de las Fotos", llegó convocado para registrar la construcción de las nuevas tribunas del escenario platense. Poco después, en 1930, recibió la propuesta de fotografiar las carreras, una tarea que transformó en una verdadera especialidad y de la que fue pionero.

Su trabajo trascendía el simple registro deportivo. Cativa imprimió un sello artesanal a cada imagen, combinando el valor periodístico con una mirada artística. Las fotografías de los caballos vencedores se convertían en cuadros que adquirían propietarios, cuidadores, jockeys y aficionados, y que durante décadas decoraron bares, cantinas y restaurantes de barrio ligados al mundo del turf. Detrás de esa estética también estaba su esposa, Alicia Violeta Mendoza, quien diseñaba la tipografía y coloreaba manualmente las estampas que distinguieron a la firma.

Durante aquellos años, las grandes reuniones hípicas reunían a decenas de fotógrafos distribuidos estratégicamente entre la largada, el codo, los 300 metros finales y el disco. Los más sacrificados corrían de un sector a otro para no perder la imagen del vencedor en el podio. Con el paso del tiempo, esa multitud desapareció y la profesión quedó en manos de muy pocos especialistas.

La continuidad del legado familiar llegó en 1976, cuando Cativa entregó la responsabilidad del estudio fotográfico a su hija Elisabeth y a su yerno, Gustavo Carlos Duprat. Un año más tarde falleció el pionero, pero la tradición ya había encontrado continuidad.

A Gustavo Carlos le tocó afrontar uno de los momentos de mayor transformación de la fotografía deportiva: el paso del blanco y negro al color. Amplió además la cobertura de las carreras, incorporando imágenes de la largada y otros pasajes decisivos además de la tradicional fotografía del disco. Esa evolución despertó el interés de diarios y revistas, que comenzaron a publicar con frecuencia su producción.

Sin embargo, el golpe más duro llegaría en 1984. Un robo en el local que la familia alquilaba en la calle 115, entre 38 y 39, terminó en un incendio que destruyó más de medio siglo de trabajo. Miles de negativos desaparecieron para siempre junto con una parte invaluable de la memoria del turf argentino.

Lejos de abandonar la actividad, la familia volvió a empezar desde cero. La ayuda del cuidador Miguel Ángel Forchetti, quien les prestó una cámara Canonet para continuar fotografiando las llegadas y las ceremonias de premiación, permitió reconstruir un camino que parecía perdido.

La tercera generación apareció muy pronto. En 1990, Juan Cruz y Gustavo Oscar Duprat comenzaron a acompañar a su padre cuando apenas tenían 12 y 14 años. Después de salir de la escuela, el colectivo los dejaba frente al Hipódromo de La Plata, donde pasaban las tardes aprendiendo un oficio que con el tiempo se transformaría en su pasión.

Mientras Gustavo Oscar daba sus primeros pasos detrás de una Nikormat que había recibido como regalo de su padre, Juan Cruz colaboraba armando cuadros, archivando negativos y asistiendo en cada tarea del laboratorio familiar. Aquella experiencia cotidiana terminó convirtiéndose en una formación práctica que marcaría definitivamente sus vidas.

En 1991 Gustavo Carlos decidió cederles definitivamente la conducción del trabajo. Desde entonces, ambos hermanos quedaron al frente de la empresa familiar, manteniendo una decisión que nunca modificaron: dedicarse exclusivamente a la fotografía hípica, rechazando otros trabajos para preservar la identidad del oficio heredado.

A través de sus cámaras desfilaron miles de protagonistas del turf y también numerosas figuras de la historia argentina. Presidentes como Juan Domingo Perón y Eva Perón, el legendario jockey Irineo Leguisamo, Carlos Gardel, gobernadores, artistas y deportistas quedaron registrados por el mismo teleobjetivo que, generación tras generación, siguió apuntando hacia las pistas.

En la actualidad, Juan Cruz combina la fotografía con otra actividad laboral durante las mañanas, mientras dedica las tardes al histórico local ubicado dentro del Hipódromo de La Plata. Gustavo Oscar, en tanto, desarrolló una carrera internacional que lo llevó a cubrir el Gran Premio Latinoamericano y competencias en distintos continentes, además de realizar trabajos de turf y equitación principalmente en Europa. Cada seis meses regresa a La Plata para colaborar con el estudio familiar.

Con el centenario de la tradición cada vez más cerca, los hermanos Duprat continúan sosteniendo un legado que comenzó hace casi cien años con Oscar Cativa. Una historia construida a fuerza de vocación, perseverancia y pasión, que permitió congelar en el tiempo miles de instantes irrepetibles de la hípica argentina y mantener viva una de las tradiciones fotográficas más emblemáticas del deporte nacional.

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